Fernand Braudel Center, Binghamton University

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Comentario Nº 132, 1 de marzo de 2004

"Diplomacia de la Proliferación: El juego al que juegan las naciones"

Los titulares de los últimos meses han venido llenos de diplomacia nuclear. Resulta difícil mantenerse serio leyéndolos. Libia ha renunciado a fabricar bombas nucleares para siempre. El héroe nuclear de Pakistán, Abdel Qadeer Khan, ha confesado que el (y sólo él en Pakistán) ha estado vendiendo secretos nucleares en el mercado negro mundial durante dos décadas. El general Musharref dice que ni él, ni por supuesto el ejército paquistaní, sabía nada al respecto. El gobierno iraní dice que no está interesado en absoluto en fabricar armas nucleares, ni lo ha estado nunca, ni lo estará. Los norcoreanos no han dicho nada nuevo últimamente, pero la última vez que lo hicieron aseguraron que ya eran una potencia nuclear. El director general de la agencia internacional de energía atómica (AIEA), Mohamed el-Baradei, dice sentirse sorprendido al descubrir los detalles de una vasta red de contrabando en equipo nuclear. La CIA dice que está recogiendo todo tipo de información que antes no conocía. Y Malasia dice que desea vivamente cooperar para acabar con cualquier papel que sus ciudadanos o residentes puedan haber desempeñado en esa operación de contrabando a escala mundial.

Francamente, no me creo casi ninguna de esas noticias. Todo el mundo lo sabe todo, o casi todo, y desde hace bastante tiempo. La mayoría de los países mienten. Es el juego de la diplomacia de la proliferación. En la vida real, no cabe duda de que Corea del Norte e Irán se esfuerzan seriamente para desarrollar armas nucleares, y probablemente lo mismo sucede con otros países. Los paquistaníes están muy interesados en seguir haciéndolo. Evidentemente, el gobierno estadounidense espera que no se sumen más países a la proliferación, mientras él mejora sus armas nucleares a toda prisa. Y todos los servicios secretos del mundo (y probablemente también la AIEA), conocen más o menos lo que está pasando, y lo saben desde hace décadas. Además hay mucha gente, tanto en el mundo occidental como en el resto del mundo, que está haciendo mucho dinero en ese tráfico y que pretenden seguir haciéndolo. Estados Unidos también sabe que su capacidad para interrumpir esa proliferación es más limitada de lo que le gustaría. Israel, por supuesto, es una potencia nuclear no declarada desde hace más de treinta años, y está dispuesta a hacer cuanto pueda para que otros no adquieran esas armas, especialmente en los países que le son hostiles de la región, como Irán, pero tampoco puede hacer mucho. Bombardear las instalaciones iraníes sería una maniobra demasiado peligrosa por su parte, aunque los israelíes, que son los últimos verdaderos creyentes en la Realpolitik, podrían decidir hacerlo.

Sin entrar en demasiados matices, varios regímenes saben que su capacidad para sobrevivir depende de la posesión de amenazas creíbles, especialmente cuando los vecinos las tienen. Consideremos el caso de Irán. Imaginemos que somos los gobernantes de ese país. Estamos rodeados por potencias, muchas de ellas no muy amistosas, que poseen armas nucleares: India, Pakistán, China, Rusia, Israel, y ahora también Estados Unidos (que dispone de tropas en nuestra frontera oriental y occidental). Estaríamos locos si no pretendiéramos desarrollar armas nucleares. Y el régimen iraní puede ser cualquier otra cosa pero no loco. Pensemos ahora en Corea del Norte. Si fuéramos las autoridades norcoreanas, ¿confiaríamos en que Estados Unidos no vaya a emprender una acción militar contra nosotros algún día? Después de todo, sólo una rápida maniobra de Jimmy Carter evitó que el presidente Clinton decidiera hacerlo. Y esa “debilidad” por parte de Clinton es una de las cosas que los acólitos de George Bush le echan en cara.

Si es así, ¿por qué todos se dedican a esos juegos de relaciones públicas? Porque sirven para algo: se trata de ejercer una presión continua para acelerar o retrasar el proceso, y a veces las presiones funcionan, al menos hasta cierto punto. Pero el lenguaje público de los jugadores nunca es igual al privado. Consideremos de nuevo el caso de Pakistán. El régimen de Bush ha presionado seriamente a Musharref en varios frentes: denunciar a Khan, permitir que el FBI siga investigando en el noroeste de Pakistán buscando a Osama bin Laden, no apoyar el resurgimiento de los talibán, y en general actuar como un miembro del equipo mundial de los dispuestos a apoyar a Bush de aquí a la eternidad. Pero evidentemente eso no acaba de ser del todo popular en Pakistán. Muchos comentaristas han observado que cada vez que Musharref pronuncia un discurso que le gusta a Bush, se viste de occidental y habla inglés, y cada vez que pronuncia un discurso que los que le gustan al pueblo paquistaní, se viste con ropa paquistaní (o de uniforme militar) y habla en urdu.

Se trata de una cuestión de dosificación: dar un poco a Estados Unidos, pero no demasiado, dar un poco a los islamistas pero no demasiado. La intensidad de la presión de Estados Unidos también es cuestión de dosificación: promover sus objetivos declarados y satisfacer su imagen de macho en casa, pero no ir tan lejos como para poner en peligro el régimen de Musharref, ya que para Estados Unidos constituye la mejor esperanza de que no le sustituya otro peor. El problema en ese tipo de juegos es que es muy fácil cometer errores. Tanto Musharref como Bush podrían ir demasiado lejos y el régimen pakistaní podría venirse abajo.

El régimen paquistaní podría caer, efectivamente. También está la cuestión de las negociaciones indo-paquistaníes. La cuestión de Cachemira sigue en pie desde hace más de cincuenta años. Repasemos lo que ha venido sucediendo: en el momento de la independencia hubo mucha limpieza étnica por ambos bandos; también hubo una disposición británica en los acuerdos de transferencia de poder de que los Estados principescos (entre ellos Cachemira) podrían optar por unirse al país que desearan. El único lugar en el que esa decisión estaba en duda era Cachemira, con un príncipe hindú y una mayoría musulmana, y en la frontera entre ambos Estados. El príncipe optó por la India, estalló la guerra, y se produjo una partición de facto de Cachemira. Desde entonces la India viene reclamando la porción paquistaní y Pakistán viene reclamando la porción india. Se han producido tres guerras más por esa cuestión.

¿Se podría negociar alguna solución? El hecho es que India y Pakistán aprecian de forma diferente la situación. La India estaría dispuesta a aceptar la partición de facto como una división permanente, aunque no lo diga públicamente. Paquistán pretende realmente hacerse con la porción india, o al menos muchos paquistaníes lo desean realmente. Así pues, ¿cómo se podría llegar a un compromiso? India no quiere ceder ni un centímetro. La paz supone que Pakistán acepte las fronteras como permanentes. Musharref podría estar dispuesto personalmente a hacerlo, si se encontrara alguna fórmula que le permitiera salvar la cara. El resto del mundo probablemente aplaudiría. Pero si lo hace mientras deja caer en desgracia a Khan y permitiendo a los agentes del FBI que registren Pakistán, eso probablemente conllevaría su derrocamiento. Y la India también quiere que sobreviva, ya que por el momento es su mejor esperanza para acabar con las incursiones fronterizas.

Así pues, ¿la India presiona a Estados Unidos para que disminuya sus presiones sobre Musharref para que pueda llegar a un trato sobre Cachemira? ¿Está dispuesto Estados Unidos a hacerlo, dadas sus propias prioridades que no incluyen un arreglo de la disputa sobre Cachemira? Volveremos sobre ello dentro de cincuenta años, cuando se abran los archivos. Entretanto, no esperemos que se pueda frenar sustancialmente la proliferación nuclear.

Immanuel Wallerstein

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